Cólico del lactante
La palabra “cólico” puede hacer pensar que el problema es exclusivamente intestinal y que todo se explica por gases o dolor abdominal.
Cuando tu bebé llora durante horas, se encoge, se pone rojo y nada parece calmarle, es normal que te preocupes y que acabes agotada. Nuestro primer paso es escucharos, valorar al bebé de forma individual y comprobar si existen factores funcionales que puedan estar aumentando su malestar.
No estás exagerando. Si sientes que algo no va bien, merece la pena valorarlo.
“Tu bebé no necesita que le pongamos una etiqueta: necesita que entendamos qué está expresando.”
Se habla de cólico del lactante cuando un bebé menor de cinco meses presenta periodos recurrentes y prolongados de llanto, irritabilidad o inquietud sin una causa evidente, difíciles de prevenir o calmar, y sin signos de enfermedad, fiebre o problemas de crecimiento.
El término describe un patrón de llanto, pero no señala una única causa. Por eso, antes de dar por hecho que “son cólicos”, conviene revisar el contexto completo: cómo fueron el embarazo y el parto, cómo se alimenta, cómo succiona, cómo hace las deposiciones, cómo descansa y cómo se mueve.
La valoración no sustituye a pediatría. Su objetivo es comprobar si la fisioterapia está indicada y detectar cualquier señal que necesite derivación.
Aunque muchas familias siguen buscando información con el nombre de cólico del lactante, la clasificación internacional Roma V ha sustituido el término por síndrome de distrés del lactante —en inglés, infant distress syndrome—.
El cambio de nombre es importante porque evita reducir todo el malestar del bebé a “gases” o a un dolor localizado en el intestino. El llanto intenso puede estar relacionado con la interacción de distintos factores digestivos, posturales, sensoriales, de alimentación y de regulación.
La palabra “cólico” puede hacer pensar que el problema es exclusivamente intestinal y que todo se explica por gases o dolor abdominal.
Describe de forma más amplia episodios de llanto, irritabilidad, inquietud y dificultad para calmarse, sin atribuir de entrada una única causa.
No todos los bebés presentan lo mismo ni con la misma intensidad. Estas señales orientan, pero no sustituyen una valoración sanitaria.
Crisis que aparecen con frecuencia por la tarde o por la noche y que pueden prolongarse aunque ya se hayan atendido sus necesidades básicas.
Lleva las piernas hacia el abdomen, cierra los puños, se retuerce, se arquea o mantiene una postura de tensión durante el episodio.
Sensación de barriga dura, gases, dificultad para expulsarlos o inquietud relacionada con las deposiciones.
El contacto, el pecho, el biberón, el cambio de pañal o el balanceo ayudan poco o solo durante unos minutos.
Se suelta, traga aire, hace chasquidos, se muestra muy inquieto o parece incómodo durante o después de alimentarse.
La falta de descanso y la sensación de no poder ayudarle generan preocupación, culpa, frustración o miedo. Pedir apoyo también forma parte del cuidado.
El llanto puede estar influido por varios factores que se combinan de forma diferente en cada bebé.
No tratamos un síntoma de forma aislada. Miramos al bebé, su historia y el entorno que acompaña cada episodio.
Revisamos cuándo empezó el llanto, a qué horas aparece, cómo son las tomas, deposiciones, sueño y antecedentes del embarazo y el parto.
Observamos su postura, movilidad global, tono, abdomen, respiración y, cuando procede, la mecánica de succión y alimentación.
Aplicamos únicamente las técnicas que el bebé necesita y tolera, respetando sus señales y haciendo pausas siempre que sea necesario.
Explicamos lo observado, resolvemos dudas y enseñamos posiciones, movimientos o rutinas concretas para continuar el acompañamiento en casa.
El objetivo no es aplicar muchas técnicas a la vez, sino reducir estímulos, responder a sus señales y observar qué le ayuda.
Hambre, pañal, temperatura, sueño, necesidad de contacto y posibles molestias durante o después de la toma.
Baja la luz, disminuye el ruido, limita los cambios constantes de brazos y utiliza una voz tranquila y movimientos lentos.
El piel con piel, sostenerlo cerca del cuerpo, el porteo bien ajustado o un balanceo suave pueden ayudarle a regularse.
Anota si hace chasquidos, traga aire, se suelta, se arquea o empeora tras comer. Esa información será útil durante la valoración.
Los movimientos abdominales deben realizarse solo cuando esté receptivo. Durante una crisis intensa suele ser preferible contener y calmar.
Si te sientes sobrepasada, deja al bebé en un lugar seguro y pide ayuda. Nunca lo zarandees. Cuidarte también protege a tu bebé.
A veces el llanto convive con dificultades de alimentación, preferencia postural o molestias digestivas que conviene observar en conjunto.
Reserva una valoración de fisioterapia pediátrica en nuestra clínica de Alcalá de Guadaíra. Revisaremos vuestro caso con calma y os explicaremos con honestidad cuál es el siguiente paso.
Contenido informativo. No permite diagnosticar ni sustituye la valoración de pediatría. Referencias clínicas: criterios Roma V, NICE: cólico infantil y Asociación Española de Pediatría. Revisión recomendada del contenido: agosto de 2027.